Algunas
niñas también fueron por ahí cerca, recogiendo las flores silvestres mas bellas
y perfumadas que encontraban, poniéndolas luego junto a las fogatas para que
Are se sintiera agradado y bendecido por toda aquella gente que empezaba a
llamarlo con gran alegría y mucha entrega.
Nadie
se iba.
Al
contrario, habían venido todos desde el pueblo, de los sembrados y de las minas
donde habían estado arrancando papas y sacando esmeraldas que el cacique
distribuía según el trabajo de cada uno, quedándose con las mejores según su
color, su transparencia y su tamaño.
Querían ver a los recién llegados hacer el
sacrificio a su dios.
Cuando
las fogatas ardieron con altas, misteriosas llamas sopladas por el viento de la
montaña, los viejos, los guerreros, los sacerdotes y las mujeres, iniciaron una
danza larga rodeando la candela, entonando canciones y plegarias invocando a
Are, muy inclinados a la tierra tocando pequeños tambores que despertarían los
poderes terrestres. Cajamarca y Millaray se mezclaron con los danzarines
llevando el ritmo todo el tiempo hasta que pasó mas de una hora, cuando
empezaron a cansarse por tanto movimiento.
Entonces
escucharon una voz llegada de las nubes que decía “Los jóvenes recién llegados aquì,
también son hijos mios como lo sois todos vosotros, Muzos poderosos. Yo soy Are,
el gran dios de las esmeraldas y de las piedras preciosas. Soy dios de las
estrellas y del universo……. y ellos, pueblo mio, merecen su respeto y su
atención. Deben ayudarles en todo. Es una orden que deben cumplir.
Pero
antes de regresar al cielo, les digo que para encontrar al joven Zarva, deben
ir al rio Minero, meterse en sus aguas y llamarlo hasta que se canse de oírlos.
Entonces aparecerá y podrán hablarle, pedirle la flor prodigiosa que andan
buscando. Gracias por haberme invocado, valiente pueblo Muzo, no me olviden y
hagan plegarias por mi”.
Y
la voz se perdió.
Entonces
la gente, felíz de haber escuchado a su dios, rodearon al cóndor, a Cajamarca y
a millaray porque ahora si tenían la seguridad que eran hijos de Are, y no
querían perderlos. “Vamos, vamos al pueblo, adorados jóvenes. Quizàs tengan
hambre y sueño. Deben reponerse para buscar al joven Zarva”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario